
Cuando las experimentamos no podemos evitar la risa, incluso podemos padecer incontrolables ataques de risa, por lo que no son pocos los que huyen cuando se acercan a ellos con la clara intrención de hacerles cosquillas.
Pero, ¿por qué se reacciona con un acto reflejo de risa cuando nos hacen cosquillas? ¿Y por qué en ocasiones nos causan mucha risa y en otras apenas nada? ¿Y por qué no se puede hacer cosquillas uno a sí mismo? Bueno, poder se puede, pero no nos hacemos gracia, no nos causan ninguna risa.
Las cosquillas no son un comportamiento exclusivo del hombre, pues son bastante comunes en otros mamíferos. Aunque en los primates provocan una reacción más fuerte. Ello supone que su origen es anterior al del hombre, y las peculiaridades en el mismo no se deberían al origen del mecanismo, sino a adaptaciones posteriores.
En ausencia de lenguaje, los miembros de un grupo, tribu o clan familiar, se comunicaban por medio de gritos, llantos y de la risa, que significaba la ausencia de peligro. Cuando un miembro del grupo era rozado por alguien o algo podía avisar al resto de sus congéneres por medio de la risa de que no sufría daño alguno. Nótese al respecto que cuanto más sensible es la región del cuerpo afectada, cuanto mayor sea la amenaza de un contacto hostil, más incontrolable es la risa.
Por ello las cosquillas operan como un mecanismo que afianza los vínculos familiares y sociales. Es una muestra de confianza, por lo que un niño se reirá descontroladamente si sus padres le hacen cosquillas, porque entiende que es un proceso inofensivo. Pero si las cosquillas las hace un extraño con una actitud que no satisface al niño —o incluso al bebé— éste se sentirá inseguro y no emitirá con su risa ningún mensaje de falta de alarma. Incluso puede reforzar esa señal de peligro con el llanto.
En cuanto a por qué no nos vamos a reír con nuestro propio roce, ya debería estar claro a estas alturas: no se crea ningún peligro cuando uno se toca a sí mismo.
Mas curiosidades: Conforme nos vamos haciendo mayores tenemos menos cosquillas, pues reaccionamos de una manera más tranquila frente a las personas que nos rodean.
Además de la cohesión social, las cosquillas tienen otros usos entre los que se encuentra el castigo y la tortura. Aunque producen risa y pueden ser placenteras en un principio se convierten en un incordio después de un largo período de tiempo. Por ello se impusieron penas de cosquillas en la antigua Roma, China y en la Europa medieval.

Los normandos desembarcaban en las costas del Atlántico o en el mar del Norte y más tarde del Mediterráneo o penetraban por el curso de los grandes ríos y sus afluentes, llegando a todos los rincones del contiene, donde saqueaban e incendiaban las poblaciones que encontraban a su paso. Hombre fuertes y bravos como buenos marineros con enormes bigotes .
Como no podía ser menos en España también hicieron sus incursiones , al desembarco de estos y ante la furia de que fueran a ser atacados , por los habitantes de las ciudades o pueblos donde desembarcaban , gritaban con furia alzando sus enormes espadas , lanzas y hachas " BI GOT" que en la actualidad seria " BY GOD" y traducido al castellano " POR DIOS " , eran crueles en sus incursiones matando todo lo que se ponía a su paso , y el miedo de los habitantes fue mayúsculo, de este modo cuando los veían acercarse a las costas , los hombres y mujeres corrían gritando los BIGOT, y por semejanza entre sus rostros y sus gritos , la palabra BIGOTE empezó a formar parte de nuestro idioma.
En una época en ingles la palabra bigot era aplicada a los fanáticos religiosos y más tarde a los fanáticos racista, y estos para no ser confundidos con los fanáticos religiosos empezaron aparecer rapados y sin bigote.

Es éste un curioso apelativo el que recibe la atracción de feria también conocida como carrusel o más familiarmente como caballitos.
En sus inicios era una aparato muy sencillo, consistente en una recia viga vertical rematada en un eje, y en dos tablas iguales puestas en cruz que giraban sobre él y de cuyos extremos pendían sendos caballitos de cartón. Los pequeños jinetes trataban de introducir un palito en una anilla, que pendía de un poste o que sostenía en dueño del aparato, cada vez que el giro les aproximaba a la misma.
En referencia al origen del nombre, se suele hacer mención a lo que Sofía Tartilán relata en su libro Costumbres populares. Cuadros de color (Madrid, 1880) en el que se lee:
El 17 de julio de 1834 fue en Madrid un día de luto y de desolación. Más de ciento cincuenta personas habían fallecido del cólera en la noche anterior. Una de las víctimas fue el infortunado Esteban Fernández, que tenía que ganarse la vida (con un aparato giratorio de los llamados "caballitos") en lo que hoy se llama paseo de las Delicias, sito detrás del Hospital General.
Muerto el buen Esteban, su familia sólo pensó en sacar de la casa el cadáver. Cuatro amigos cargados con las andas —entonces las cajas mortuorias eran un objeto de lujo vedado a los pobres— se encaminaron al cementerio. Silenciosos y taciturnos marchaban en fúnebre cortejo los que llevaban en hombros al muerto y los pocos amigos que le acompañaban en su último paseo, cuando al llegar al sitio próximamente en que estuvo el circo, el que creían cadáver, incorporándose bruscamente dentro de las andas y arrojando lejos de sí el paño negro que le cubría, empezó a gritar:
-¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!
El terror que inspiró en el fúnebre cortejo estuvo a punto de serle fatal. Los que llevaban las andas las arrojaron al suelo, apretando a correr a campo a través, como si el muerto les pisara los talones…
La convalecencia fue larga; mas su fortuna estaba hecha. Desde aquel día, el tío Esteban despareció para dar paso al Tío Vivo; y cuando el cólera hubo calmado su furor y volvió a pensarse en diversiones, al reaparecer en el paseo de las Delicias el aparato de los caballitos y las barquitas de madera, los habituales parroquianos del tío Esteban le saludaron con su nuevo nombre: le llamaron el Tío Vivo y el Tío Vivo se hizo célebre, se hizo popular, fue conocido en todos los rincones de la Corte; se le buscó, se le admiró como a una cosa sobrenatural, y hasta hubo quien le pidió noticias del otro mundo. Todo esto empezó a disgustar al buen hombre; pero al fin se acostumbró a su confirmación, tanto más cuanto que le era lucrativo, y olvidando él mismo su verdadero nombre de pila, se oyó llamar con complacencia Tío Vivo, legando este nombre a sus hijos y descendientes. Desde entonces el aparato de diversión llamado los caballitos tomó el nombre de los caballitos del Tío Vivo. Andando el tiempo se le llamó solamente el Tío Vivo. Hasta que se generalizó la denominación y la Real Academia incluyó en su Diccionario la palabra "tiovivo": "Aparato giratorio con asientos de varias formas dispuestos en círculo, que sirve de recreo en las ferias y fiestas populares."

¿Y los cientos de frases que se derivan de ella?
A saber:
- Cualquier esfuerzo para agarrar un objeto en caída, provoca más destrucción que si lo dejáramos caer naturalmente.
- Nada es tan fácil como parece.
- La probabilidad que una tostada caiga con el lado de la mantequilla hacia abajo, es proporcional al valor de la alfombra.
- No hay tarea tan simple que no pueda hacerse mal.
- Todo cuerpo sumergido en la bañera hace sonar el teléfono.
- Nada está tan mal que no pueda empeorar.
- Si un artilugio mecánico falla, lo hará en el momento más inoportuno.
Todas estas frases —y muchas más— tienen en común una actitud pesimista, resignada y burlona, fruto de la actitud de Murphy. Pero… ¿quién es Murphy? ¿cómo se originó la frase?
Edward A, Murphy Jr. —capitán de las Fuerzas Aéreas de los EE.UU.— formó parte, en 1949, de unos experimentos realizados para determinar la resistencia humana a la desaceleración brusca para casos de aterrizajes de emergencia. Algunas pruebas se realizaron con un muñeco de forma humanoide, pero para las pruebas finales colaboró el coronel J.P. Stapp.
Para medir el impacto de tales fuerzas sobre el piloto, se le ocurrió a Murphy colocarle una serie de sensores o medidores electrónicos de esfuerzo sujetos al arnés. Pero tras la prueba todos los resultados salieron sorprendentemente a cero. Tras algunas comprobaciones vieron que los sensores estaban mal instalados, pues habían sido cableados al revés.
Entonces —según el también ingeniero George E. Nichols presente en aquel momento— Murphy, frustrado, le echó la culpa a su asistente exclamando: "si hay alguna manera de cometer un error, lo cometerá".
En conversaciones con otros miembros del equipo salió a relucir la expresión que quedó como: "si algo puede salir mal, saldrá mal".
Pero no ganó popularidad hasta que no fue pronunciada por el coronel Stapp durante una conferencia de prensa, en la que le preguntaron por qué nadie resultó con heridas de importancia durante las pruebas. Stapp replicó que fue porque se tomó en consideración la Ley de Murphy. Luego citó la ley y dijo que significaba que era importante considerar todas las posibilidades antes de hacer una prueba.
A continación la historia relatada por el propio George E. Nichols, gerente de Control de Calidad del proyecto Vikingo:
"El suceso ocurrió en 1949, en la Base Aérea Edwards, en Muroc, California, durante el Proyecto de la Fuerza Aérea MX81. Este era el proyecto de investigación del coronel J. P. Stapp sobre pruebas de aterrizaje de emergencia en las pistas de la Base Norte. El trabajo era realizado por Northrop AirCraft, bajo contrato del Laboratorio Aeromédico por parte del proyecto por parte de Northrop.
El homónimo de la ley era el capitán Ed Murphy, un ingeniero de desarrollo del Laboratorio Aéreo de Wright Field. Frustrado por una pequeñas piezas que estaban funcionando mal debido a un pequeño error, exclamó lo siguiente: "Si hay alguna manera de hacer las cosas mal, lo hará", refiriéndose al técnico que había originado el error. En ese momento, le adjudiqué el nombre de Ley de Murphy a dicha exclamación y a sus variantes asociadas.
Un par de semanas después, el coronel Stapp indicó en una conferencia de prensa que nuestro excelente récord de seguridad en aterrizajes de emergencia simulados durante varios años era el resultado de una firme convicción en la Ley de Murphy y de nuestro consistente esfuerzo por evitar lo inevitable. La referencia tan amplia que se le dio a la Ley en anuncios de fabricantes en el período de unos cuatro meses fue fantástica, con lo que la Ley de Murphy quedó establecida dentro del vocabulario tecnológico."

Algunos años después de la legendaria fundación de Roma por Rómulo y Remo (753 antes de nuestra era), cuando los monarcas de la joven ciudad se ocupaban aún de los rituales religiosos, el segundo rey de Roma, Numa Pompilio, consideró que sus sucesores tendrían que ocuparse de la guerra y del gobierno de un Estado cada vez más complejo, de modo que no estarían en condiciones de pensar en la liturgia. Con esa idea, Numa Pompilio decidió entregar el cuidado de las ceremonias religiosas a un funcionario o sacerdote que desempeñara exclusivamente esa función religiosa. Después de mucho meditarlo, confirió esa dignidad a los pontífices, que eran los encargados de cuidar el puente sobre el río Tíber, una tarea que en aquella época revestía enorme importancia política y militar, además de religiosa. En la palabra pontifex se fusionan pontis 'puente' y facere 'hacer', en alusión a su actividad: cuidar el puente.
Algunos siglos más tarde, Julio César decidió asumir la dignidad de Pontifex Maximus 'sumo pontífice', el mayor de los pontífices, para indicar así su posición de jefe no sólo civil y militar, sino también religioso. A partir de Augusto, este título quedó vinculado al de emperador durante varios siglos, hasta la llegada al poder de Constantino (306 d. de C.), quien adoptó el cristianismo como religión oficial del Imperio. Fiel a la tradición consagrada por sus predecesores, Constantino siguió usando durante algún tiempo el título de sumo pontífice, ahora como representante de Cristo. Pero los obispos de Roma no demoraron en reivindicar para sí la condición de únicos representantes de Cristo en la Tierra y acabaron por incorporar el título de Pontifex Maximus, que los papas ostentan hasta hoy.
Las curiosidades de las botellas de vino las podemos relacionar en color, forma y capacidad, todas estas tienen su razón de ser.
El color: Verde que te quiero verde.
Las botellas no deben ser transparentes ya que una de las principales características es que el color del vidrio es intentar de proteger el vino de la luz solar, aunque también es verdad que, actualmente, el marketing tiene gran importancia también en la elección y selección del color de las botellas.
El material más empleado en la elaboración de las botellas de vino es el vidrio, material este muy resistente a la acción de microorganismos es fácil de higienizar y el idóneo para conseguir la forma, tonalidad y volumen.
En vidrio verde el vino evolucionará de manera más lenta que lo haría en vidrio transparente, ya que la capacidad del vidrio verde para repeler diferentes radiaciones de la luz es muy superior a la del incoloro.
Fue la casualidad la que acabó derivando en la coloración del vidrio dispuesto para embotellar el vino. Los primeros vidrios eran ambarinos porque las materias primas que utilizaban los sopladores venían cargadas de impurezas, por lo que habían de recurrir a elementos purificantes como el manganeso, que arrojaban tonalidades oscuras al producto final.
Marketing y funcionalidad van de la mano, muchos vinos blancos, rosados y dulces recurren al uso de vidrio incoloro donde el poder apreciar la mercancía que preservan facilita las ventas, y la incidencia de la luz solar no se considera tan relevante, al ser productos de rápido (al menos en teoría) consumo. Ahondando un poco más en el marketing y el color de la botella de vino, en la actualidad, además del ámbar, amarillo y verde se recurre a otro tipo de tonalidades, desde la zahína totalmente opaca de la botella jerezana (posiblemente la más apropiada) hasta el vívido azul utilizado por el Mar de Frades para guarecer sus caldos. Es más, últimamente, el color verde comienza a usarse cada vez menos (aunque aún continúa siendo mayoritario) porque se considera que la botella, al ser consumida e ir bajando de nivel, va reflejando ese consumo de forma excesivamente gráfica y no resulta atractivo.
Curvas y formas: Algunas curvas son peligrosas.
Como seguramente se habrán dado cuenta, no todas las botellas de vino tienen la misma forma.
Una vez consolidados los diferentes estilos de vino, las principales zonas de elaboración optaron por diseñar un continente que las definiera y caracterizara. Así, la botella de vino, que inicialmente siempre había tenido una forma ancha y aplastada, pasó a presentar heterogéneas líneas en función de la zona de la que provinieran, eso sí, manteniendo unas formas redondeadas, sin aristas, porque, en opinión de los que entienden, el vino evoluciona de manera más favorable en ausencia de esquinas, aparte de ser mucho más fácil su elaboración y facilitar una posterior limpieza para su reutilización.
Por ejemplo, en Burdeos, la botella utilizada es cilíndrica, con prominentes hombros donde se apoyarán los posos del vino, en el caso de que los presentara, antes de acceder a la copa. La botella bordelesa (que así comenzó a denominarse) es la más utilizada en la actualidad.
Sin salir del mismo país, la Borgoña propiciaba la utilización de un tipo de botella diferente, más ancha en la base que se va estrechando hasta el cuello, sin la presencia de hombros. La botella Borgoñona tiene algo especial, al menos para mí, me atrae de una manera mucho más intensa que lo hace la bordelesa.
Si famosas son las botellas bordelesa y borgoñona, no lo es menos la botella utilizada en la Alsacia y el Rhin para contener sus famosos vinos. Más estilizada y larga que las anteriores, parece idónea para guarecer los excelentes riesling y gewúrztraminer alsacianos y renanos.
Los tres principales tipos de botellas podemos verlos ampliamente utilizados en cualquier país y zona vitivinícola, pero, sin un motivo claro que lo avale, asocio la utilización de una botella alsaciana con los blancos albariños, la botella bordelesa con Ribera de Duero y la borgoñona con los clásicos vinos de guarda de la Rioja, y con los no menos clásicos catalanes.
Hablando de Cataluña, la botella de cava (también la del champagne, lógicamente) suele ser más gruesa y pesada para que soporte mejor la presión que el burbujeante líquido ejerce sobre ella, es el mismo motivo por el que la base aparece con una hendidura hacía el interior mucho más marcada que las botellas convencionales, ya que con una mayor superficie, la presión soportada se distribuye proporcionalmente y por tanto presenta una mayor resistencia.
En la actualidad la variedad de botellas a utilizar ha aumentado de la misma manera que lo han hecho las técnicas de marketing y de ventas, existiendo en el mercado variedad de contenedores de vidrio con versátiles formas que tienen la intención de resaltar su imagen sobre la del resto de la competencia, eso propicia la aparición de interesantes (o no) variaciones de las formas clásicas. Por cierto, el principal aporte español es la botella jerezana, estilosa botella parecida a la bordelesa pero con la base más estrecha que los hombros.
El tamaño: Aunque sea un tópico, el tamaño importa.
Si lo desconocen sepan que el vino evoluciona de manera diferente cuanto mayor sea la capacidad de la botella donde descansa. La evolución será mucho más rápida cuanto menor el tamaño de la botella. Esto es así hasta un determinado volumen, a partir del cual, el vino evoluciona de manera idéntica. El tamaño considerado estándar es el de 75 cl. Se dice que esos 75 cl obedecen a la capacidad pulmonar de una persona, en la época en la que la fabricación de vidrio se hacía por soplado, de manera artesanal.
Pero la gama de tamaños hoy también ha tomado evolución, principalmente por que los buenos caldos en tamaños de menor capacidad son más asequibles. La botella de 37,5 cl y de medio litro son cada vez más empleadas y solicitadas. Los más habituales podrían ser:
Magnum, equivale a 2 botellas (1, 5 litros). Es la que asegura unas mejores condiciones de evolución del vino que guardan. En línea ascendente la seguiría la Jeroboam, de capacidad de cuatro botellas estándar (3 litros). Tras ella, la Rehoboam con un volumen idéntico al de 6 botellas estándar (4,5 litros). y detrás la Mathusalem (6 litros, 8 botellas), la Salmanazar (9 litros, 12 botellas), la Baltasar (12 litros, 16 botellas), la Nabucodonosor (15 litros, 20 botellas), la Solomón (20 litros, 28 botellas) y la Primat (27 litros, 36 botellas).
La utilización de pomposos nombres judíos, hebreos, bíblicos y babilónicos utilizados para bautizar tan peculiares botellas obedece a la intención que desde tierras francesas se buscaba de asociar glamour con vino
(Fotografías bajadas de internet, no son propiedad del autor)
El primer hincha de fútbol de la historia vivió en Montevideo a comienzos del siglo XX; trabajaba en el Club Nacional de Fútbol, el segundo club uruguayo por antigüedad. Era de profesión talabartero y estaba encargado de inflar (hinchar) los balones del Parque Central, la sede del Nacional. Se llamaba Prudencio Miguel Reyes, pero era más conocido como «gordo Reyes» o «el hincha».
Nuestro hombre, partidario fanático del club montevideano, y sus gritos estentóreos: « Nacional!» eran famosos a principios del siglo pasado en las canchas donde jugaba su club. Y es fácil imaginar cómo resonarían los gritos del talabartero si se tiene en cuenta que inflaba las pelotas sólo con la fuerza de sus pulmones.
Durante los partidos, otros aficionados solían comentar ante las ruidosas demostraciones de Reyes: «Mirá cómo grita el hincha». Y poco a poco la palabra hincha se fue aplicando a los partidarios del Nacional que más gritaban en los partidos; más tarde se extendió a los demás y, finalmente, a los partidarios de todos los clubes.
La palabra se extendió al resto del mundo hispanohablante con los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, cuando el fútbol de Uruguay ganó sendas medallas de oro, y en el Mundial de 1930 de Montevideo.
Para aclarar mas la etimología de esta palabra definiremos el significado de tabartero, según el REA nos dice …Guarnicionero que hace talabartes( Cinturón o correa de cuero de que cuelgan el sable o la espada) y otros correajes.
- MAZAYAS